VLADIMIR NABOKOV
Mashenka
Traducción de Andrés Bosch
Al recordar pasadas intrigas
Al recordar un pasado amor.
PUSHKIN
PROLOGO A LA TRADUCCIÓN INGLESA
Mashenka fue mi primera novela. Comencé a trabajar en ella en Berlín, poco después de haber contraído matrimonio, en la primavera de 1925. La terminé a principios del año siguiente, y fue publicada por una editorial regida por emigrados rusos (Slovo, Berlín, 1926). Dos años después, aparecía una versión alemana que no he leído (Ullstein, Berlín, 1928). Con esta sola excepción, la novela no ha sido traducida a lo largo del impresionante período de cuarenta y cinco años.
La reconocida tendencia de todo principiante a revelar su intimidad por el medio de presentarse a sí mismo en la obra literaria, o de presentar a un representante suyo, no se debe tanto al atractivo que en él pueda ejercer un tema ya estructurado como al alivio que experimenta al liberarse de sí mismo, antes de emprender mayores empresas. Esta es una de las poquísimas normas generalmente aceptadas a las que me he plegado. Los lectores de mi obra Speak, Memory, comenzada en los años cuarenta, advertirán ciertas semejanzas entre mis recuerdos y los de Ganin.
Su Mashenka es hermana melliza de mi Támara, en ambas obras están los ancestrales caminos, el Oredezh discurre en ambos libros, y la fotografía real de la casa de Rozhestveno, tal como es en la actualidad —excelentemente reproducida en la cubierta de la edición Penguin (Speak, Memory, 1969)— podría muy bien ser la foto del porche con columnas del "Voskresensk" de la novela. No consulté Mashenka al escribir el capítulo doce de la autobiografía, un cuarto de siglo después, pero ahora lo he hecho y me ha fascinado el que, a pesar de las invenciones superpuestas (como la pelea con el bruto del pueblo, o la cita en el pueblo anónimo, entre las luciérnagas), en el relato novelado hay un más denso contenido de realidad personal que en el escrupulosamente fiel testimonio autobiográfico. Al principio me pregunté cómo podía ser esto posible, cómo era posible que la sensación y el aroma reales hubieran superado las exigencias de la trama y de la rotundidad de los personajes ficticios (dos de ellos incluso aparecen, muy desdibujados, en las cartas de Mashenka), máxime si tenemos en cuenta que me resultaba inverosímil que la imitación estilizada pudiera ser compatible con la verdad pura y simple. Pero la explicación de lo anterior es, en realidad, muy sencilla: siguiendo el criterio cronológico de los años, Ganin estaba tres veces más cerca de su pasado de lo que yo lo estaba en Speak, Memory.
Debido a la extremada lejanía de Rusia, y debido a que la nostalgia ha sido un constante y loco compañero a lo largo de toda mi vida, cuyas enternecedoras rarezas me he acostumbrado a tolerar en público, no me molesta en absoluto confesar el doloroso sentimentalismo que hay en mi cariño hacia mi primera obra. Las argucias de la inocencia y la inexperiencia, todos los defectos que cualquier aprendiz de crítico podría denunciar con alegre facilidad, quedan compensados, a mi juicio (y yo soy, en este caso, el único juez) por varias escenas (la convalecencia, el concierto en el granero, el paseo en barco) que, de haber pensado yo en ello, hubieran debido ser transportadas, virtualmente intactas, a una obra posterior. Por todo lo dicho comprendí, tan pronto comencé mi colaboración con Mr. Glenny, que nuestra traducción debía ser tan fiel al texto original como hubiera yo exigido si este texto no hubiera sido mío. Las alegres y felices modificaciones que hice en la versión inglesa de King, Queen, Knave no cabían en el presente caso. Los únicos reajustes que he estimado necesarios quedan reducidos a breves frases explicativas, en tres o cuatro párrafos, referentes a peculiaridades rusas (clarísimas para otros emigrados, pero incomprensibles para los lectores extranjeros), y a transformar en fechas del calendario gregoriano, el generalmente utilizado, las del calendario juliano observado por Ganin. Por ejemplo, lo que para éste es fines de julio, para nosotros es la segunda semana de agosto, etc.
Voy a terminar la presente introducción con las siguientes afirmaciones. Como contesté una de las preguntas que me hizo Aliene Talmey, en su entrevista para Vogue (1970): "Lo mejor de la biografía de un escritor no es el relato de sus aventuras sino la historia de su estilo. Únicamente desde este punto de vista se puede valorar debidamente la relación, si es que la hay, entre mi primera heroína y mi reciente Ada." Podría añadir que, realmente, no hay relación alguna. La otra afirmación hace referencia a una falsa creencia que todavía se esgrime en ciertos sectores. Pese a que cualquier tonto puede alegar que "orange" (naranja) es el anagrama onírico de "organe" (órgano), me permito aconsejar a los miembros de la delegación vienesa que no pierdan su precioso tiempo analizando el sueño de Klara, al término del cuarto capítulo de la presente obra.
9 de enero, 1970
1
—Lev Glevo. ¿Lev Glebovich? Querido amigo, estos nombres son trabalenguas, más que nombres.
—Es cierto —repuso Ganin con cierta sequedad, mientras intentaba distinguir el rostro de su interlocutor, en la imprevista oscuridad.
Ganin se sentía molesto por la absurda situación en que los dos se encontraban, así como por la conversación que se veía obligado a sostener con aquel desconocido. La voz prosiguió impertérrita:
—No crea que le haya preguntado su nombre y apellido por simple curiosidad. No, porque siempre he creído que todo nombre...
—Voy a pulsar el botón otra vez —le interrumpió Ganin.
—Sí, sí... De todos modos, mucho me temo que no servirá de nada. Pues, tal como le decía, todo nombre lleva anejas sus responsabilidades. Lev y Gleb es una combinación muy extraña, y, en cierta manera, una combinación muy exigente. Significa que quien así se llama ha de tener una personalidad tensa, firme y un poco excéntrica. Mi nombre es mucho más modesto, y el de mi mujer es pura y simplemente Mashenka. Permítame que me presente: Aleksey Ivanovich Alfyorov. Perdón, me parece que le he pisado...
Buscando en la oscuridad la mano que le rozaba el puño de la camisa, Ganin dijo:
—Es un placer. ¿Cree que estaremos así mucho rato? Diablos, ya es hora de que alguien haga algo. La alegre y fatigosa voz sonó un poco más arriba de su oreja, muy cerca:
—Lo mejor será que nos sentemos y esperemos. Ayer, cuando llegué, me tropecé con usted en el pasillo. Luego, por la tarde, a través del tabique, le oí carraspear y, por el sonido de la tos, me di cuenta inmediatamente de que éramos compatriotas. ¿Lleva usted mucho tiempo alojado en esta pensión?
—Siglos. ¿Tiene una cerilla?
—No. No fumo. Desde luego, es sórdida esta pensión, pese a ser rusa. Soy un hombre de suerte, ¿sabe usted? Mi esposa ha salido de Rusia. Cuatro años, casi nada... Sí, señor. Ahora ya falta poco. Hoy es domingo.
Ganin se estrujó los dedos, y musitó:
—Maldita oscuridad... No sé qué hora será.
Alfyorov lanzó un ruidoso suspiro, difundiendo el cálido y pasado hedor propio de un hombre entrado en años y que no goza de mucha salud. Este hedor produce tristeza.
—Sólo faltan seis días. Creo que mi mujer llegará el sábado. Ayer recibí carta. Escribió las señas de un modo muy curioso. Lástima que estemos tan a oscuras, si no le enseñaría el sobre. ¿Qué hace usted, mi querido amigo? Estas ventanitas no se abren.
Por menos de un pitillo las reventaría.
Vamos, vamos, Lev Glebovich, no se ponga usted así. ¿No sería mejor que nos distrajéramos con algún juego de sociedad? Sé algunos magníficos, yo mismo me los invento. Por ejemplo, piense un número de dos guarismos. ¿Ya está?
—Gracias, no juego —repuso Ganin y, acto seguido, pegó dos puñetazos a la pared.
La voz de Alfyorov ronroneó:
—El conserje lleva horas durmiendo. De nada sirve golpear la pared.
—Pero reconocerá usted que no podemos pasar la noche aquí, ¿verdad?
—Pues parece que no nos va a quedar otro remedio. ¿No le parece que hay cierto simbolismo en nuestro encuentro, Lev Glebovich? Cuando estábamos pisando tierra firme no nos conocíamos. Luego, resulta que los dos nos dirigimos a casita al mismo tiempo, y entramos juntos en este ingenio. A propósito, el suelo es terriblemente delgado, y debajo no hay más que un pozo oscuro. Pues bien, como iba diciendo, los dos entramos sin decirnos ni media palabra, sin conocernos, ascendemos en silencio, y, de repente, se para. Y la oscuridad.
Con lúgubre acento, Ganin preguntó:
—¿Y qué hay de simbólico en esto?
—Bueno, pues el hecho de que nos hayamos quedado parados, inmóviles, en esta oscuridad. Y el hecho de que estemos esperando. Hoy, durante el almuerzo, ese individuo, ¿cómo se llama?, el viejo escritor, ah, sí, Podtyagin, me ha estado hablando del sentido de esa vida de emigrantes que llevamos, de esta constante espera. Usted ha pasado el día fuera, ¿verdad, Lev Glebovich?
—Sí, he salido de la ciudad.
—¡La primavera...! ¡Qué bonito debe estar el campo!
La voz de Alfyorov dejó de oírse durante unos instantes, y, cuando volvió a sonar, había en ella un desagradable tonillo, debido seguramente a que el hombre sonreía:
—Cuando mi mujer esté aquí, la llevaré a ver el campo. Le entusiasma pasear. Me parece que la patrona me ha dicho que su habitación quedaría libre el próximo sábado, ¿es así?
—Efectivamente —repuso Ganin con sequedad.
—¿Se va de Berlín?
Olvidando que en la oscuridad era invisible, Ganin afirmó con un movimiento de cabeza. Alfyorov rebulló en el asiento, lanzó uno o dos suspiros, comenzó a silbar una dulzona tonada, dejó de silbarla, volvió a silbarla... Así pasaron diez minutos, hasta que oyeron un "clic", arriba.
—Menos mal —dijo Ganin con una sonrisa.
En el mismo instante se encendió la bombilla en el techo, y la móvil y zumbante cabina quedó inundada de luz amarillenta. Alfyorov parpadeó, igual que si hubiera despertado. Llevaba un viejo abrigo de color de arena, uno de esos abrigos llamados de entretiempo, y sostenía en la mano un sombrero hongo. Iba con el cabello, escaso y rubio, algo despeinado, y en sus facciones había ciertos matices que recordaban las estampas religiosas: la dorada barbita y el modelado de su flaco cuello que quedó al descubierto al quitarse el pañuelo con puntitos de vivos colores. De un tirón, el ascensor subió hasta el descansillo del cuarto piso y se detuvo. Mientras abría la puerta, Alfyorov dijo sonriente:
¡Un milagro! Pensaba que alguien habría oprimido el botón, pero veo que no hay nadie. Usted primero, Lev Glebovich.
Pero Ganin, con una mueca de impaciencia, empujó suavemente a Alfyorov, y salió tras él, desfogándose por el medio de cerrar ruidosamente la puerta de hierro. Nunca se había sentido tan irritado.
—Un milagro —repitió Alfyorov—. Hemos subido, sin que aquí haya nadie. También es simbólico, eso.
2
La pensión no sólo era rusa sino también desagradable. Y era desagradable, principalmente, debido a que durante todo el día y parte de la noche se oía el paso de los trenes del Stadtbahn, lo que creaba la impresión de que el edificio entero se desplazara lentamente. El vestíbulo, en una de cuyas paredes colgaba un macilento espejo con una repisa para dejar en ella los guantes, y en el que había un perchero de roble situado de tal modo que era inevitable que cuantos por allí pasaran se pelaran las espinillas al chocar con él, daba paso a un estrecho pasillo. A uno y otro lado de este pasillo había tres estancias, con grandes números negros pegados en las puertas. Estos números eran simplemente hojas del calendario del año pasado, concretamente las correspondientes a los seis primeros días de abril de 1923. Primero de abril —la primera puerta a la izquierda— era el dormitorio de Alfyorov, la siguiente era la del dormitorio de Ganin, en tanto que la tercera correspondía a la patrona, Lydia Nikolaevna Dorn, viuda de un hombre de negocios alemán que, veinte años atrás, se la había traído desde Sarepta a Berlín, y que había fallecido hacía un año de fiebre cerebral. En las tres habitaciones de la derecha —desde el cuatro al seis de abril—, vivían Antón Sergeyevich Podtyagin, viejo poeta ruso; Klara, muchacha de opulento busto e impresionantes ojos de color castaño azulenco; y, por fin, en el dormitorio seis, al final del pasillo, dos bailarines de ballet, Kolin y Gornotsvetov, los dos soltando siempre risitas de muchacha, con las narices empolvadas y muslos muy musculosos. Al término de la primera porción del pasillo estaba el comedor, con una litografía de la Ultima Cena en la pared que daba frente a la puerta, y las amarillas calaveras con cuernos de unos ciervos alineadas sobre un aparador de redondeadas líneas bulbosas. En este aparador se veía un par de jarrones de cristal, otrora los dos objetos más limpios de la casa, pero actualmente empañados por una capa de graso polvo.
Después del comedor, el pasillo formaba un ángulo recto a la derecha. Allí, en aquellas trágicas y malolientes profundidades, se ocultaba la cocina, un pequeño dormitorio para la criada, un sucio cuarto de baño y un estrecho W. C, en cuya puerta había dos rojos ceros, privados del guarismo inmediato anterior con el que habían indicado el número correspondiente a dos domingos, en el calendario de sobremesa de Herr Dorn. Un mes después de la muerte de este señor, Lydia Nikolaevna, mujer pequeñita, algo sorda y dada a inofensivas excentricidades, alquiló un piso y lo convirtió en pensión. La forma en que distribuyó allí los escasos muebles y cachivaches heredados demostró un ingenio indiscutible aunque un tanto mezquino. Distribuyó las mesas, las sillas, los chirriantes armarios y los duros divanes en las habitaciones que pensaba alquilar. Los diversos muebles, en otros tiempos con aspecto simplemente marchito, una vez separados tomaron el aspecto de huesos de un esqueleto desmontado. La mesa escritorio de su difunto esposo, monstruo de roble con una escribanía de hierro colado en forma de sapo, y con un cajón central profundo cual bodega de buque de carga, fue a parar a la estancia número 1, ocupada actualmente por Alfyorov, en tanto que el sillón giratorio originariamente destinado a dicha mesa, fue separado de ella, y vivía ahora, solitario y huérfano, en la habitación número 6, la de los bailarines. También los dos sillones verdes que formaban pareja fueron arrancados el uno del otro; uno de ellos penaba en la habitación de Ganin, y el otro estaba al servicio de la propia patrona o de su vieja perra dachshund, gorda, negra, con morro grisáceo y orejas pendulares, de extremos aterciopelados como los bordes de las alas de las mariposas. La estantería para libros del dormitorio de Klara estaba adornada con los primeros volúmenes —pocos— de una enciclopedia, cuyos restantes tomos se hallaban en poder de Podtyagin. Klara también disfrutaba del único palanganero decente, con su espejo y cajoncitos. En las otras estancias sólo había un rectangular armatoste de madera, con una jofaina de hojalata y una jarra del mismo material. Sin embargo, la patrona se había visto obligada a comprar camas. Esto enojó a Frau Dorn, no porque fuese, así, agarrada, sino debido a que el modo en que había distribuido su mobiliario le había llegado a producir un cierto placer, un cierto orgullo de su ingenio y sentido económico. Ahora que era viuda y que su cama matrimonial era demasiado espaciosa para ella sola, Frau Dorn lamentaba no poderla aserrar, convirtiéndola en las distintas partes de dos camas. Ella misma se ocupaba de limpiar cuidadosamente las habitaciones, pero no era capaz de cuidar de la cocina, por lo que tenía una cocinera, terror del vecino mercado, formidable marimacho de cabello rojo, que los viernes se encasquetaba un sombrero carmesí y se iba a navegar a toda vela por el barrio del norte de la ciudad, donde procuraba explotar sus hinchados encantos. A Lydia Nikolaevna le daba miedo entrar en la cocina. En general, era una mujer silenciosa y timorata. Cuando sus piececillos, calzados con zapatos de punta roma, la llevaban pasito a paso a lo largo del pasillo, los pupilos tenían siempre la impresión de que aquel ser gris y de corta nariz no era la patrona, sino una viejecita algo chocha que había entrado por error en un piso ajeno. Todas las mañanas, doblada por la cintura, como una muñeca de trapo, barría apresuradamente el polvo que se depositaba debajo de los muebles, y después desaparecía en su dormitorio, que era el menor entre cuantos había en la casa. Allí leía viejos libros alemanes, o examinaba los papeles y documentos dejados por su difunto marido, sin comprender ni jota de su contenido. La única persona que entraba en el cuarto de la patrona era Podtyagin, quien acariciaba afectuosamente a la perra, le tocaba las orejas y el grano que tenía en el hocico, e intentaba que se sostuviera erecta y ofreciera la pata doblada. Hablaba con Lydia Nikolaevna, le contaba sus penas y dolores de anciano, y le explicaba que llevaba seis meses intentando conseguir el visado para ir a París, donde vivía una sobrina suya, y donde las largas y crujientes barras de pan y el vino tinto eran tan baratos. La vieja señora afirmaba con movimientos de cabeza, y, de vez en cuando, le formulaba preguntas acerca de los otros pupilos, en especial Ganin, a quien la patrona consideraba muy distinto de los otros jóvenes rusos que se habían alojado en su pensión. Después de vivir tres meses en la pensión, ahora Ganin se disponía a dejarla, e incluso había dicho que su habitación quedaría libre el próximo sábado. Ganin había proyectado irse varias veces, aunque siempre había cambiado de parecer y había demorado su partida. Por lo que el amable y viejo poeta le había dicho, Lydia Nikolaevna sabía que Ganin tenía novia. Y ahí radicaba el problema.
En los últimos tiempos, Ganin se había convertido en un hombre triste y lúgubre. Hacía poco, Ganin todavía era capaz de ponerse cabeza abajo, caminar apoyándose en las manos, con las piernas elegantemente erectas, como un acróbata japonés, y recorrer un trecho con gracia de velero. Era capaz de levantar una silla con los dientes. Rompía un cordel flexionando los bíceps. Su cuerpo necesitaba constantemente hacer algo, saltar una valla o arrancar un poste, en fin, "hacer el gamberro", como decíamos cuando éramos jóvenes. Sin embargo, ahora, parecía que se le hubiera aflojado algún muelle en el interior de su cuerpo. Incluso iba encorvado, y había confesado a Podtyagin que padecía insomnio "como cualquier hembrecilla neurótica". La noche del sábado al domingo, después de pasar veinte minutos encerrado en el ascensor en compañía de aquel efusivo individuo, había sido especialmente mala para Ganin. El domingo por la mañana estuvo largo rato sentado, desnudo, con las frías manos aprisionadas entre las rodillas, aterrorizado por la idea de que aquel día era otro día, y que tendría que ponerse la camisa, los pantalones, los calcetines —aquellas lamentables prendas impregnadas de sudor y polvo—, y en su mente apareció la imagen de un perro de aguas de circo, uno de esos perros que tan horrible y lastimero aspecto tienen cuando les visten con prendas de ser humano. Su inercia derivaba en parte de encontrarse sin trabajo. Aunque por el momento no tenía necesidad alguna de trabajar, ya que durante el invierno había ahorrado algún dinero. Cierto era que tan sólo le quedaban doscientos marcos... Pero esto se debía a que había gastado más de la cuenta los últimos tres meses.
Al llegar a Berlín, el año pasado, encontró trabajo inmediatamente, y hasta el mes de enero trabajó en diversos empleos. Había llegado a saber lo que significa ir a trabajar a una fábrica, en la amarillenta bruma de primeras horas de la mañana. También sabía cuánto duelen las piernas después de trotar más de diez sinuosos kilómetros diarios por entre las mesas del restaurante Pir Goroy, transportando platos y bandejas. Había tenido otros empleos, y había vendido a comisión cuantos artículos quepa imaginar, como tortas rusas, brillantina y, pura y simplemente, brillantes. Nada había que pudiera ofender su dignidad. Más de una vez había vendido su propia sombra, como muchos de nosotros hemos hecho. En otras palabras, había ido a las afueras de la ciudad para hacer de extra en alguna película que se rodaba en un recinto de feria, donde los chorros de luz surgían con místico siseo de las superficies de los focos que apuntaban como cañones a una muchedumbre de extras, iluminada con mortal esplendor. Los focos disparaban andanadas de asesino resplandor, iluminando la cera pintada de los rostros inmóviles, y expirando después con un "clic", pero durante largo tiempo brillaría, en aquellos complicados cristales, agonizantes ocasos rojizos, nuestra humana vergüenza. El trato estaba cerrado, y nuestras anónimas sombras eran enviadas a todos los lugares del mundo.
Con el dinero que le quedaba tenía bastante para irse de Berlín, pero esto significaba dejar plantada a Liudmila, y Ganin no sabía cómo romper con ella. A pesar de que se había concedido el plazo de una semana para hacerlo, y había comunicado a la patrona que por fin se iría el próximo sábado, consideraba que el paso de la presente semana, e incluso el de la siguiente, nada cambiaría. Entre tanto, en su espíritu crecía con gran fuerza un sentimiento que bien podría llamarse nostalgia invertida, es decir, ardiente deseo de encontrarse en otro país desconocido. Desde su ventana podía ver las vías del ferrocarril, por lo que la oportunidad de irse jamás dejaba de estar ante su vista. Cada cinco minutos, un sutil temblor comenzaba a estremecer la casa, y tras el temblor se alzaba fuera una gran nube de humo que oscurecía la blanca luz del día berlinés. Una vez más, el humo se disolvía lentamente, revelando las vías del ferrocarril, que iban estrechándose a medida que se alejaban por entre los negros y resquebrajados muros traseros de las casas, bajo un cielo blanco como leche de almendras.
Ganin se hubiera sentido mucho más tranquilo si hubiese ocupado una estancia al otro lado del corredor, si tuviera el dormitorio de Podtyagin o el de Klara, desde cuyas ventanas se veía una calle bastante triste que, a pesar de estar cortada por un paso a nivel, tenía la ventaja de no ofrecer a la vista pálidas y seductoras distancias. Las vías del paso a nivel eran continuación de aquellas que Ganin veía desde su ventana, por lo que nunca pudo desprenderse de la idea de que los trenes pasaban, invisibles, a través de la casa. El tren llegaba por el otro lado, su fantasmal traqueteo estremecía el muro, cruzaba la vieja alfombra, rozaba el vaso en el palanganero, y finalmente desaparecía por la ventana, produciendo un escalofriante fragor, seguido al instante por una nube de humo junto a la ventana, en su parte exterior, y a medida que estas sensaciones se debilitaban, el convoy del Stadtbahn surgía como expelido por la casa: vagones de sucio color oliváceo, con una fila de oscuros pezones de perra en las techumbres, y una robusta y menuda locomotora, enganchada por el extremo contrario al normal, desplazándose dinámica hacia atrás arrastrando los vagones camino de la blanca lejanía, entre los inexpresivos muros cuya capa de oscuro tizne se iba desprendiendo a trozos o estaba manchada por viejos anuncios. Parecía que una corriente de hierro, y no de aire, cruzara sin cesar la casa.
—¡Irme de aquí...! —musito Ganin, mientras se desperezaba tranquilamente.
Pero dejó de hacerlo al pensar: ¿Qué haré con Liudmila? Se había convertido en un ser ridículamente flojo. Tiempo hubo (en los días en que caminaba cabeza abajo, sobre las manos, o saltaba sobre cinco sillas, una al lado de la otra) en que no sólo dominaba su voluntad, sino que incluso jugaba con ella. Por ejemplo, tiempo hubo en que, para ejercer la voluntad, abandonaba la cama a media noche, salía a la calle y arrojaba una colilla en un buzón de correos. Sin embargo, ahora ni siquiera era capaz de decir a una mujer que ya no la amaba. Anteayer, Liudmila había pasado cinco horas en el dormitorio de Ganin. Ayer, domingo, Ganin había pasado todo el día en compañía de Liudmila, junto a los lagos de las afueras de Berlín, incapaz de negarle esta ridícula excursioncilla. Ahora, en Liudmila, todo le repelía: su cabello amarillento, rizado a la moda, las dos mechas de cabello negro que le salían en la parte baja del cogote y que no se afeitaba, sus párpados oscuros y lánguidos, y sobre todo sus labios relucientes de lápiz rojo-púrpura. Ganin experimentó repulsión y aburrimiento cuando Liudmila, mientras se vestía, después de haber hecho los dos mecánicamente el amor, achicó las pupilas, lo que le dio inmediatamente una expresión desagradable y marchita, y le dijo:
—Tengo tanta sensibilidad que en cuanto dejes de quererme un poco, me daré cuenta.
Sin contestar, Ganin le dio la espalda y miró a través de la ventana, donde se acababa de alzar un muro de humo blanco. Entonces, Liudmila emitió una risita nasal, y en un ronco susurro le dijo:
—Ven aquí.
En aquel instante, Ganin sintió deseos de oprimirse los dedos, para producir chasquidos con las articulaciones, y sentir un delicioso dolor, y decir a Liudmila: "Vete, mujer, y adiós para siempre". Pero no lo hizo, sino que sonrió y se acercó a ella. Con las puntas de las uñas, tan duras que parecían artificiales, le recorría Liudmila el pecho, y componía un mohín, y parpadeaba moviendo arriba y abajo sus pestañas negras como el carbón, interpretando el papel de muchachita ofendida o de marquesa caprichosa. Pese a que Liudmila sólo tenía veinticinco años, a Ganin le pareció que el olor de su cuerpo era viejo, rancio, pasado. Cuando Ganin rozó con sus labios la ardiente y estrecha frente de Liudmila, ella se olvidó de todo, olvidó aquella falsedad que llevaba a su alrededor como el perfume de su cuerpo, la falsedad de su habla de niña de corta edad, olvidó sus exquisitos sentimientos, su pasión por imaginadas orquídeas, así como por Poe y Baudelaire, a quienes jamás había leído, olvidó sus fingidos encantos, su amarillo cabello a la moda, los tristes polvos que llevaba en la cara, y sus medias de seda de ofensivo color de rosa, y, echando atrás la cabeza, oprimió contra el cuerpo de Ganin sus patéticas débiles y no deseadas carnes.
Molesto y avergonzado, Ganin sintió una estúpida ternura, un melancólico rastro de calor dejado allí donde el amor había pasado fugazmente, que le indujo a besar sin pasión el pintado caucho de los ofrecidos labios de Liudmila, aun cuando esta ternura no consiguió acallar la calma y sarcástica voz que le aconsejaba : ¡Ahora, intenta ahora desembarazarte de ella!
Con un suspiro, sonrió dulcemente al rostro alzado, y no se le ocurrió nada que decir cuando Liudmila le cogió por los hombros, y le suplicó en una voz insegura, muy distinta al nasal susurro en ella habitual, de manera que parecía haber puesto todo su ser en las palabras:
—Por favor, di, ¿me quieres?
Pero tan pronto Liudmila notó su reacción —la conocida sombra, el involuntario ceño—, recordó que lo aconsejable era fascinar a Ganin con poesía, perfume y sensibilidad, y comenzó a interpretar aquel papel que oscilaba entre el de pobre muchachita y sutil cortesana. Una vez más el aburrimiento dominó a Ganin, quien comenzó a pasear por la estancia, yendo de la ventana a la puerta y de la puerta a la ventana, y vuelta a la puerta, saltándosele casi las lágrimas al intentar bostezar con la boca cerrada, mientras Liudmila se ponía el sombrero y observaba subrepticiamente a Ganin, a través del espejo.
Klara, muchacha tranquila, con desarrollado busto, siempre vestida de seda negra, sabía que la novia de Ganin le visitaba en su aposento, y siempre que Liudmila le explicaba confidencialmente sus relaciones amorosas, Klara se sentía inhibida y molesta. Klara estimaba que las emociones de este género debían mantenerse en una mayor intimidad, prescindiendo de colores de arco iris y de estridencias de violines. Pero le parecía todavía más intolerable que su amiga, entornando los párpados y echando el humo de su cigarrillo por la nariz, le describiera con horrenda exactitud los detalles todavía cálidos, tras lo cual Klara tenía horribles y vergonzosos sueños. Últimamente, Klara procuraba evitar a su amiga por temor a que ésta terminara impidiéndole experimentar esa formidable y siempre gozosa sensación que, delicadamente, se llama "ensueño". A Klara le gustaban los rasgos duros, levemente arrogantes, de Ganin, como le gustaban sus ojos grises con brillantes rayas, como flechas que surgían de las pupilas insólitamente grandes, y sus cejas espesas y muy negras, que, cuando fruncía el ceño o escuchaba atentamente, formaban una sola línea negra, pero que se desplegaban como delicadas alas cuando una poco frecuente sonrisa descubría por un instante sus dientes centelleantes y fuertes. Estas facciones tan pronunciadas habían impresionado a Klara hasta el punto de que perdía el aplomo cuando se hallaba en presencia de Ganin, y no podía decir cosas que le hubiera gustado decir, y no dejaba ni un instante de toquetearse el ondulado cabello castaño que le cubría la mitad de la oreja, o de arreglar la disposición de los pliegues de seda negra sobre su busto, lo que era causa de que adelantara el labio inferior, y de que quedara de relieve su sotabarba. De todos modos sólo veía a Ganin una vez al día, en la hora del almuerzo, excepto un día que cenó con él y con Liudmila en la mísera casa de comidas en que éste solía cenar salchichas y sauerkraut o carne de cerdo fría. En el almuerzo, en el horrible comedor de la pensión, Klara se sentaba ante Ganin, ya que la patrona situaba a sus huéspedes en la mesa por el mismo orden, más o menos, en que se encontraban sus dormitorios. Por lo tanto, Klara se sentaba entre Podtyagin y Gornotsvetov, mientras que Ganin se sentaba entre Kolin y Alfyorov. La frágil y triste figurilla negra de Frau Dorn parecía fuera de lugar y un tanto desolada en la cabecera de la mesa, entre los perfiles de los dos afectados y empolvados bailarines, que le hablaban con muchos dejes y jeribeques. Debido, en parte, a su leve sordera, Frau Dorn hablaba poco, y se preocupaba principalmente de que la formidable Erika trajera y se llevara los platos en el debido momento. Como una hoja seca, la frágil y arrugada mano de la patrona revoloteaba hacia el colgante timbre, y amarilla y marchita, volvía al punto de partida.
Cuando Ganin entró en el comedor, el lunes, hacia las dos y media de la tarde, todos los pupilos estaban ya sentados. Al verle, Alfyorov le dirigió una sonrisa de bienvenida y se levantó de la silla, sin abandonar su puesto, pero Ganin no le ofreció la mano y se sentó a su lado, saludándole con un movimiento de cabeza, después de haber lanzado una maldición in mente contra su molesto vecino. Podtyagin, viejo limpiamente vestido, de aire sencillo, que parecía tragar en vez de comer, iba ingurgitando sopa ruidosamente, mientras con la otra mano se sujetaba la servilleta remetida en el cuello de la camisa, a fin de que no cayera en el plato. Miró por encima de los cristales de sus gafas de pinza, y, tras emitir un vago suspiro, volvió a aplicarse a la ingestión de sopa. En un momento de franqueza, Ganin le había confesado su deprimente aventura amorosa con Liudmila y ahora lamentaba haberlo hecho. Kolin, a la izquierda de Ganin, le pasó con trémulo cuidado el plato de sopa, dirigiéndole una mirada tan aduladora, y con tal sonrisa en sus ojos extrañamente velados, que Ganin se sintió incómodo. Entretanto, a su derecha, la untuosa vocecilla de tenor de Alfyorov había reanudado su parloteo, con el que parecía contradecir algo dicho por Podtyagin, quien se sentaba frente a él:
—Se equivoca, Antón Sergeyevich, al criticar este país. Es un país extremadamente culto que no puede compararse con la vieja y atr...
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